Recuerdo cuando me ayudabas a contar las sílabas de mis sonetos, recuerdo cuando entrabas de vez en cuando para ver como estaba, a veces abrias la puerta, mirabas y dabas media vuelta sin decirme nada.
Recuerdo que en alguna ocasión me obligabas a salir de mi habitación para jugar al ajedrez o para hablar contigo, para que te contara cosas de amor y desamor, para que me desahogara contigo. Salíamos a la marquesína, conversábamos largo y tendido; siempre me entendiste, siempre me aconsejastes humildemente, siempre intentabas sacarme una sonrisa.
Me acuerdo que te encantaban las canciones que escuchaba, y te aprendiste todo un disco de Sabina, jejeje.
Hace unos días me escribiste preocupado y lloré al sentir que como a muchos otros, a ti también te estaba haciendo daño con mis escritos.
Querido amigo, gracias por estar ahi siempre atento.
Hoy es Domingo (sabes que odio los domingos) hace sol pero no hay golondrinas.
De todos modos, la intención de esta entrada es regalarte una de mis escuetas sonrisas porque te la debía.
Gracias Iván. Ya estoy un poco mejor.
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